El parpadeo involuntario que ocurre cuando una mano u otro objeto se acerca rápidamente
a la cara es un reflejo que está gobernado por la parte más
primitiva de nuestro cerebro, conocido como cerebro de reptil. Esta región del cerebro se
encarga de los instintos más básicos de supervivencia, como son el deseo
sexual, las respuestas automáticas ante el peligro o la búsqueda de comida. En
este caso, aunque sepamos que la otra persona no nos va a golpear, proceso
razonado por otras regiones más modernas del cerebro, la región del cerebro de
reptil da la orden de cerrar los ojos para protegerlos. Si intentamos evitar
cerrarlos, como cuando hacíamos retos entre amigos de la escuela, lo más que
podemos lograr es mantenerlos semiabiertos pero con una pequeña pero evidente
contracción de los párpados.
martes, 24 de marzo de 2015
La pildora anticonceptiva imita lo que ocurre durante el embarazo.
La eficiencia
de este método consiste en imitar el mecanismo hormonal que impide que una mujer
embarazada sea fecundada nuevamente. En el ciclo hormonal de la mujer, los
niveles de estrógenos suben para estimular la ovulación, después bajan
nuevamente y los de progesterona suben para estimular el engrosamiento del
endometrio, esto para preparar la llegada del cigoto en caso de que haya
fecundación. Si la fecundación no ocurre los niveles de progesterona bajan y el
endometrio se adelgaza nuevamente desencadenando la menstruación, lo que
permite que el ciclo de 28 días se repita. Por el contrario, cuando el óvulo
fecundado se implanta en el endometrio, los niveles de estrógeno y progesterona
no bajan, se mantienen subiendo paulatinamente hasta el tercer trimestre, lo
que asegura la integridad del endometrio y evita la ovulación. La píldora
anticonceptiva está compuesta por uno o dos tipos de hormonas, los estrógenos y
los progestágenos (hormonas sintéticas similares a la progesterona). Al usarlas
diariamente se mantienen los niveles de estrógenos y/o progestágenos altos, como
cuando una mujer se encuentra embarazada, lo que evita la ovulación y por lo
tanto el embarazo.
Fuente:
miércoles, 1 de febrero de 2012
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo totalmente nuevo?
Una
pregunta sencilla que se vuelve más difícil de responder conforme nuestra vida avanza. En nuestra sociedad concebimos como la etapa de aprendizaje aquella que inicia en la niñez y termina en la juventud temprana, idea que se
ve reflejada en el sistema de aprendizaje escolarizado, que normalmente termina en la juventud temprana. Luego mientras nuestra vida adulta avanza, la cantidad de
experiencias y de conocimientos nuevos que adquirimos disminuye, así como nuestra creatividad, o por lo menos esa es la idea que tenemos la mayoría. Frecuentemente se menciona la maravillosa capacidad creativa de los niños, lo rápido que aprenden. El comentario de moda es que ahora ya vienen con el chip integrado, por lo bien que comprenden y manejan las nuevas tecnologías. Otro
comentario que hacemos continuamente es que lo que ya no se aprendió en la niñez es muy difícil aprenderlo en la vida adulta o como dice el refrán “perro
viejo no aprende trucos nuevos”. Comentario que suele convertirse en pretexto para evitar terminar cosas relacionadas con algún aprendizaje inconcluso en la
juventud, como concluir la escuela, o para aprender algo nuevo. Pero ¿será realmente
cierto
este refrán?
Si bien es cierto que el cerebro de un niño es como una aspiradora sedienta de conocimiento que además hierve en creatividad. La investigación científica indica que no hay evidencia de que nuestra capacidad de aprender o de crear disminuya significativamente con la edad, hecho que se comprueba con la gran cantidad de personas adultas y de la tercera edad que se vuelven noticia por concluir una licenciatura o por iniciar una actividad nueva en la cual destacan aunque no hayan tenido la formación o experiencia previa sobre la misma. Entonces ¿Por qué la mayoría de la gente dejamos de aprender al mismo ritmo que en nuestra juventud? ¿Por qué concebimos a la creatividad como una cualidad infantil o ligada a sólo ciertos individuos? Tal vez la respuesta se encuentre en el método que seguimos para afrontar la vida más que a un efecto del envejecimiento o a una disminución de la capacidad creativa o de aprendizaje del cerebro humano.
A partir de nuestro nacimiento todo lo que
experimentamos es nuevo, con base en
la exploración, rápidamente comenzamos a aprender sobre nuestro entorno y sobre nuestras capacidades. Este aprendizaje nos permite acumular la
experiencia suficiente como para saber qué nos gusta, qué no nos gusta, a comunicarnos, a entender nuestro entorno, pero sobre todo a qué le debemos tener miedo. Cuando somos bebés tenemos tal curiosidad de experimentar el mundo con todos nuestros sentidos que todo lo que está al alcance es observado con detalle, tocado,
manipulado, agitado para ver qué sonidos hace y probado con la boca y lengua. A medida que crecemos, pronto llega el tiempo de poner a prueba nuestras propias capacidades. En esta etapa no entendemos el verdadero significado de una caída hasta que lo experimentamos, no importa cuántas veces o de qué forma se nos advierta sobre el peligro de trepar o de acercarse a las orillas, es hasta que
caemos que adquirimos el miedo necesario para comenzar a explorar el mundo con
más cautela.
Cuando llegamos a la adolescencia el cerebro sufre cambios que suprimen los
miedos adquiridos durante la infancia, lo que nos vuelve temerarios y limita la
capacidad para medir las consecuencias de nuestros actos, sin embargo esto nos permite
explorar y poner a prueba los limites de nuestra independencia. Nos permite aprender lo
necesario para definir quiénes somos y de qué somos capaces, cosa que no podría lograrse si
estuviéramos muertos de miedo. Por eso es bien sabido que ésta es una etapa de
riesgo, ya que el adolescente puede adquirir hábitos y costumbres peligrosas,
autodestructivas, irresponsables o incluso destructivas. Por eso es importante el aprendizaje en
torno a las consecuencias de las acciones, la empatía y nuestros límites y capacidades.
Las experiencias adquiridas durante esta etapa
nos permiten comenzar a definir la forma en la que queremos vivir, nuestras
actividades, la forma en la que nos relacionamos con la gente, cómo nos desenvolvemos
en el mundo y nos preparan para entrar en la etapa en la que adquirimos los
conocimientos necesarios para llegar a ser independientes y autosuficientes. Esto
provoca que a medida que conocemos el mundo nos vamos haciendo cada vez más
selectivos sobre el conocimiento y las experiencias que nos interesan aprender,
de otra forma no tendríamos ni el tiempo ni la capacidad de experimentar todas
las opciones posibles que nos ofrece nuestro entorno. De hecho cuando finalmente llegamos a la deseada meta de concluir la etapa de
aprendizaje básico y de iniciar nuestra vida adulta e independiente, comenzamos
aplicar lo aprendido. Conseguimos un trabajo y poco a poco pasamos de un
esquema en el que el tiempo lo dividimos en aprender, divertirnos y dormir, a
uno en el que trabajamos, nos dedicamos a nuestra familia, dormimos y en un
menor grado nos divertimos.
Esto sucede porque a medida que envejecemos y
definimos las cosas importantes de nuestra vida, surge la necesidad de
estabilidad, nos volvemos especialistas en las cosas que hacemos rutinariamente,
lo cual nos genera confianza y seguridad. La rutina nos permite entrar en una
zona de confort, ya que no tenemos que esforzarnos demasiado ni tenemos mucho que
arriesgar al hacer siempre las mismas cosas. Sin embargo esta seguridad tiene
un costo, y ese costo es la disminución de la exposición a cosas nuevas y por
lo tanto a nuevo aprendizaje y conocimiento. Aprender algo nuevo implica un
gran esfuerzo en muchos sentidos; por un lado, al no tener la experiencia,
iniciar una nueva actividad nos puede hacer parecer como poco aptos ante los
demás, situación que nos es altamente incomoda. Por otro lado, la inversión
inicial de tiempo y energía es muy alta y normalmente ya estamos acostumbrados
a un cierto ritmo de trabajo y a obtener resultados con cierta facilidad. Esto
provoca que cada vez nos sea más incomoda la idea de pensar en comenzar una
actividad totalmente nueva, si a esto le sumamos que el esquema de producción
actual busca el explotar al trabajador el mayor tiempo posible, el poco tiempo
libre que nos queda lo terminamos utilizando para descansar de la larga jornada
de trabajo y para entretenernos de la forma más sencilla, viendo la televisión,
lo cual no implica ningún tipo de esfuerzo o gasto de energía, con ella no es
necesario pensar ni intentar aprender o siquiera moverse, solo es necesario
sentarse frente al aparato y buscar entre todas las posibilidades que ofrece
para “salir de la rutina”. Nos permite fugarnos de la realidad de forma
totalmente pasiva.
Este esquema de vida permite que conforme
transcurre el tiempo nos sintamos más y más cómodos haciendo las mismas cosas y
en consecuencia nos volvemos cada vez menos creativos. ¿Pero qué tiene que ver
esto con la creatividad? La creatividad surge de ideas nuevas, el conocimiento
nuevo genera ideas nuevas. Entonces no es sorprendente pensar que los
conocimientos nuevos pueden potenciar nuestra creatividad. De niños somos enormemente
creativos porque tenemos una gran cantidad de conocimientos nuevos que nos
permiten expresar nuestra capacidad creativa al máximo. Cuando llegamos a la
edad adulta el conocimiento adquirido en la juventud funciona como motor
creativo, pero a medida que pasa el tiempo lo vamos explotando cada vez más.
Vamos agotando nuestra materia prima y si no inyectamos nuevo material llega un
momento que no se nos ocurre nada nuevo con lo que tenemos.
Por el contrario, cuando vivimos una nueva
experiencia, como realizar un viaje a un lugar desconocido, leer un libro, intercambiar información con otras
personas o realizar una actividad nueva, súbitamente nuestra creatividad se
dispara. Comienzan a brotar ideas que nunca habíamos tenido, no importa el
tema, pueden ser artísticas, sobre la forma en la que creemos que funciona el
mundo, sobre como decorar la casa, recetas de cocina, etc. Este nuevo elemento,
por pequeño que sea, sacude todo el conocimiento que tenemos y nos permite
crear o pensar en cosas nuevas a partir de él. Un pequeño elemento distinto es capaz
de disparar nuevas ideas porque en nuestro proceso creativo nuevamente usamos
lo que ya sabemos pero desde una nueva perspectiva.
La disminución de la creatividad por la falta
de nuevos conocimientos o experiencias es algo que le puede pasar a cualquiera, incluso a la gente que
vive de su creatividad. Muchos músicos exitosos no vuelven a generar grandes éxitos a
medida que su carrera avanza y si observamos su música puede llegar a perder
calidad y provocar la jubilación prematura o puede mantener una calidad determinada pero sin llegar a
tener el mismo éxito que en los días de juventud. Si nos fijamos en el historial musical
de estos artistas vemos que con el tiempo crean un estilo y se vuelven especialistas en
él, cada vez integran menos elementos nuevos, lo que les permite explotar al máximo una
fórmula que les funcionó pero no les permite experimentar con cosas nuevas
debido al riesgo que
implica que lo nuevo no funcione, pero como es bien sabido por la cultura
popular, sin riesgo no hay ganancia. Por el contrario, aquellos artistas que agregan
elementos nuevos a sus fórmulas viejas o que experimentan y se reinventan continuamente, suelen
tener carreras muy largas con grandes éxitos a lo largo de toda su trayectoria
profesional. Esos artistas también tienen grandes fracasos, pero la perseverancia les permite
mantenerse vigentes a lo largo de varias generaciones. Incluso en muchas ocasiones su
público original se mantiene sin cambios y con el tiempo deja de darle seguimiento al nuevo
material, pero las nuevas generaciones los siguen con el mismo fervor que sus
primeros seguidores.
Aprender o no
aprender
¿De qué nos sirve aprender cosas nuevas y ser
creativos en la edad adulta? Si bastante trabajo nos ha costado tener el máximo
confort con el mínimo esfuerzo posible ¿porqué tendríamos que alterar ese
precioso equilibrio? Existen razones médicas, relacionadas con disminuir los
procesos de degeneración o envejecimiento cerebral natural o provocados por enfermedades
como el Alzheimer. También hay motivaciones filosóficas o espirituales,
relacionadas con nuestro destino cósmico de evolución continúa del ser. De
superación personal, relacionadas con la tendencia a ser mejores cada día,
simplemente por el gusto de serlo y como ejemplo a nuestros hijos y familiares.
Pero mi justificación favorita es porque simplemente te permite ser más feliz.
Al hablar de rutina automáticamente le damos una connotación negativa, esto
ocurre porque a pesar de que nos da seguridad, estabilidad y nos hace más fácil
nuestro tránsito por la vida, también la vuelve terriblemente aburrida.
Evolucionamos en un entorno en donde las rutinas prácticamente no existían.
Cada día, al salir de cacería, nos enfrentábamos a situaciones nuevas, algunas
fatales, otras emocionantes y nuestra creatividad era una de nuestras
herramientas básicas para sobrevivir en un medio ambiente impredecible y
cambiante, por esta razón fueron los individuos más creativos los que
sobrevivieron para heredarnos sus genes, y es por eso que el ser humano tiene
la necesidad continua de ser creativo. Es sólo en el último segundo de nuestra
existencia histórica que cambiamos drásticamente nuestro ambiente para hacerlo
más predecible o controlable. Esto hace que las rutinas sean antinaturales y al
no estar en nuestra naturaleza, lejos de proporcionarnos la felicidad que se
supone que deberían proporcionarnos al hacer más fácil nuestra existencia, con
el tiempo se vuelve una carga casi tan difícil de llevar como la lucha por la
sobrevivencia.
Entonces ¿qué es mejor? Dejarnos envolver en
la seguridad y estabilidad que nos proporciona el hacernos especialistas en una
rutina determinada, a costa del aburrimiento y el hastío que provoca la falta
de novedad y el mantener aletargada nuestra capacidad creativa, o ser
espontáneos, al buscar nuevo conocimiento y actividades que nos permitan
ejercer dicha capacidad. Resulta evidente que las condiciones actuales no nos
permiten dejar por completo nuestro sistema de vida, pero en general contamos
con algo de tiempo libre que podemos dedicar a vivir nuevas experiencias a
través de la lectura, los viajes, las actividades físicas, recreativas y
artísticas o a la convivencia en lugares públicos. El secreto se encuentra en
hacer tantas actividades distintas como sea posible, no importa si se hacen en
periodos de tiempo cortos, alternando fines de semana y vacaciones para
realizar distintas actividades, o si se hacen sucesivamente, como en el caso de
la lectura, en la que generalmente se concluye un libro para comenzar otro.
Conclusiones
Al
alternar nuestra rutina con actividades nuevas no sólo estamos expuestos a
nuevo conocimiento, también podemos conocer gente y lugares que nos permiten
vivir experiencias gratas, establecer nuevos vínculos sociales útiles en
nuestro trabajo o en nuestra vida, compartir experiencias para enriquecer las
nuestras. Es conveniente concluir que si adquirimos nuevas capacidades para
tener una vida familiar más sana y, como efecto secundario, evitamos entrar en
la típica dinámica de la rutina que perjudica las relaciones familiares y de
pareja, sin duda esto nos permitirá disminuir los riesgos de enfermedades
neurológicas o provocadas por estrés y nos permitirá superarnos día con día,
pero sobre todo mejorará nuestra calidad de vida al disminuir nuestro hastío y
aumentar la diversión, equilibrio clave para una vida feliz.
Articulo publicado en: La Hoja Verde, boletín ecológico pero iconoclasta. Año 17, Número 140 20/01/2012
viernes, 23 de septiembre de 2011
Conocimiento, pensamiento, decisión y acción ¿Existe alguna conexión entre ellos?
Intuitivamente algo nos dice que
están relacionados, sin embargo el tratar de explicar su relación no resulta
tan sencillo. Confucio los relacionaba con las siguientes frases:
Aprender sin pensar es inútil,
pensar sin aprender es peligroso
Pensar sin actuar es inútil,
actuar sin pensar es peligroso
Viéndolo así la relación parece
más evidente. Todos hemos padecido las consecuencias de no saber la relación entre
el conocer, el pensar, el decidir y el actuar. Hoy en día la civilización depende
en gran medida de la ciencia y la tecnología, lo que nos permite tener acceso a
una gran cantidad de conocimientos que aprovechamos muy poco de forma
individual. En los diferentes niveles escolares adquirimos una gran cantidad de
conocimiento, la mayor parte del cual olvidamos relativamente pronto debido a
que no es de nuestro interés o a que no le vemos utilidad, aprendemos sin
pensar y por lo tanto una buena parte del tiempo invertido en la escuela queda
desperdiciado. Al mismo tiempo muchas de las ideas que tenemos o de las
interpretaciones que le damos a las cosas que suceden a nuestro alrededor ocurren
sin el conocimiento adecuado, lo que puede generar resultados negativos en
nuestra vida, como hacer el ridículo al comentar algo sobre lo que no sabemos,
generar chismes que provocan problemas de distintas magnitudes, tener o
provocar un accidente, etc.
Y qué decir de
las ideas, sueños u objetivos que nunca se materializan, ya sea porque no decidimos
que camino tomar para conseguirlos o porque no conseguimos dar el brinco entre
la decisión y la acción. Situación que puede generar bastante frustración o
incluso problemas, como cuando alguien quiere bajar de peso pero no hace nada
para conseguirlo y termina con problemas de salud. O de forma similar ¿Cuántas
veces hemos sufrido las consecuencias de una mala decisión simplemente porque
no nos detuvimos lo suficiente para pensar antes de tomarla?, o peor, porque
por más que le dimos vueltas no logramos encontrar un mejor camino.
Estos malos
resultados, aunque nos permiten aprender con base en la experiencia (por ensayo
y error) inciden directamente sobre nuestra calidad de vida, generan una gran
cantidad de estrés y muchos tipos de problemas de distintas magnitudes. ¿Es
posible evitar esto? ¿Saber la relación entre el conocimiento, el pensamiento,
la decisión y la acción puede hacer alguna diferencia? Así como lo plantea Confucio
suena bastante sencillo, sólo tengo que pensar mientras aprendo y antes de
actuar, no pensar sin aprender y no
hacer nada sin antes pensar y listo, seguro que las respuestas aparecen como
por arte de magia y los problemas se solucionan. Pero la realidad es muy
distinta, todos hemos pasado horas o días pensando cómo salir de un apuro que
al final no logramos resolver exitosamente o hemos sufrido las consecuencias de
una decisión que en apariencia no tenía ninguna otra solución ¿Qué hizo falta
entonces para resolver exitosamente aquella situación?
Si miramos
hacia atrás veremos que para salir triunfantes, en la mayoría de los casos lo
primero que habríamos necesitado es información. ¿Cuántas veces no nos hemos
dicho? “Si lo hubiera sabido antes”. Si bien, el conocimiento adquirido no nos
vuelve infalibles ante cualquier situación, si aumenta bastante las
posibilidades de resolver nuestras dudas al momento de tomar una decisión, no
sólo porque nos permite contar con más opciones, más material disponible a la
hora de pensar, sino que además cada conocimiento nuevo nos aporta una ganancia
extra, hace crecer nuestra inteligencia. Este aumento en la inteligencia se
debe a que el aprendizaje provoca que nuestras neuronas creen una mayor
cantidad de conexiones entre sí, lo que permite que se comuniquen mejor entre
ellas. De esta forma aumenta nuestra capacidad de planificar, de resolver problemas,
de comunicarnos y de razonar. Además la inteligencia ganada con el aprendizaje
nos acompañara a lo largo de nuestras vidas y nos servirá en cualquier
situación, no importa si olvidamos los detalles de lo que aprendimos, si no nos
gusta el área o materia que estamos aprendiendo o si no le vemos utilidad.
Claro que el
conocimiento por sí mismo no es suficiente para tomar la decisión de actuar
sobre algo importante, llegar a la intención ya es bastante difícil. Para alcanzar
el punto, en el que tenemos que tomar una decisión vital, es necesario primero
tener la actitud para hacerlo, es decir la predisposición o voluntad. Por
ejemplo, imaginemos que el médico nos aconseja hacer dieta, el que la hagamos o
no va a depender de nuestra intensión. A su vez, esta intensión va a depender
de otros factores como nuestras creencias, con las cuales podemos considerar a
las consecuencias de nuestra decisión como positivas o negativas, si creemos
que el consejo del doctor no es muy importante podemos decidir simplemente no
seguirlo, dado el enorme esfuerzo que puede representar hacer una dieta.
Nuestra actitud también va a depender del apoyo social con el que contemos. Si
nuestra familia y amigos nos apoyan en la decisión de hacer la dieta es más
probable que la llevemos a cabo
Otro aspecto
que tomamos en cuenta al tomar una decisión importante es la presión social que
nos imponen para realizar o no ciertas conductas. Puede que consideremos que
las consecuencias de nuestra decisión sean positivas, pero que la presión
social impuesta apunte hacia lo contrario. Por ejemplificar esto pensemos en qué
contexto sería más fácil seguir una dieta, si por ejemplo tenemos un trabajo en
donde la apariencia es fundamental, como en la televisión y el modelaje, o en
un trabajo en donde la estética no sea tan importante. Efectivamente la presión
social para mantener una apariencia estética es mucho mayor en las personas que
tienen una profesión en donde la apariencia es importante y en ocasiones la
presión es tan grande que puede ayudar a desencadenar terribles enfermedades
como la anorexia o la bulimia.
Entonces
¿de qué sirve pensar antes de tomar una decisión? ¿Para qué acumular
conocimiento y aumentar nuestra inteligencia?, si al final la forma en la que
tomamos las decisiones está determinada por distintos factores, algunos de los
cuales dependen de lo que creemos y otros de lo que se concibe en la sociedad como
adecuado o inadecuado. La respuesta es sencilla, sólo cuando tomamos una
decisión razonada e informada tenemos más posibilidades de pensar en las
consecuencias de uno o varios caminos posibles y de esta forma calcular las
posibles pérdidas y los beneficios. Sólo de esta forma podemos decidir si vale
la pena tomar un riesgo o hacer un esfuerzo para conseguir algo o para evitar
un problema mayor. Meditar sobre una decisión también nos permite evaluar si es
necesario decidir un determinado camino aunque no contemos con el apoyo de
nuestros familiares y amigos o aunque la presión social intente dirigirnos
hacia otro lado.
Siguiendo el
ejemplo de las actrices y modelos de hoy en día, la presión social ejerce una
gran influencia para tener un físico en extremo delgado y a tratar de
mantenerlo, junto con su juventud, a base de cirugías y dietas extremas y perjudiciales.
La presión es tan fuerte que muchas modifican su físico hasta quedar
irreconocibles o en el peor de los casos llegan a la muerte por una mala
operación o como resultado de su anorexia o bulimia. Sin embargo existe un
pequeño número de actrices y modelos que se niega a ir por el camino que exige
la presión social y la influencia de algunas de las personas cercanas a ellas y
prefieren mantener un físico normal y envejecer naturalmente. Estas personas no
toman esta decisión a la ligera, no es fácil decidir algo que va en contra de
lo que hace la mayoría (pensando en el medio en que se encuentran), pero
deciden hacerlo con base en el conocimiento sobre los efectos nocivos que tiene
esta forma de mantener su apariencia sobre su salud física y mental.
Información que meditan detenidamente para decidir con que camino ganarán más,
si con el camino que les dará el reconocimiento de sus compañeros y de los
medios de comunicación a cambio de su salud y de una insatisfacción constante
por su apariencia (si no fuera así no recurrirían constantemente a los
cirujanos plásticos), o aquel que les restará popularidad en los medios de
comunicación a cambio de una mejor calidad de vida.
En este
proceso, el estar informados y pensar antes de tomar una decisión también
permite el buscar el apoyo adecuado. Entre la gente siempre habrá opiniones
contrarias, sólo es necesario buscar y apoyarte en aquellas personas que
compartan la decisión que consideres correcta. Incluso se puede llegar a la
organización para impulsar las ideas que comparten y cambiar el rumbo de la
presión social predominante. Esto ha ocurrido muchas veces, los grupos
feministas y los jóvenes que impulsaron la revolución sexual son algunos
ejemplos de grupos que han ido cambiando las ideas predominantes de la época.
Ideas que ejercen una enorme presión sobre la forma en la que la sociedad
concibe el comportamiento sexual y los derechos y obligaciones de la mujer.
Finalmente la
recomendación es aprender todo lo que se pueda, no desestimar la información
adquirida, aunque de momento su utilidad no sea clara. Reflexionar sobre el
conocimiento adquirido, ligarlo con lo que ocurre o ha ocurrido en sus vidas o
con otros conocimientos y cuando sea el momento de tomar una decisión tratar de
adquirir la mayor cantidad de información relacionada con nuestra decisión,
reflexionar y discutir con distintas personas para enriquecer nuestra reflexión
y una vez que hemos decidido tomar un determinado camino actuar con el apoyo de
aquellas personas que comparten nuestras ideas. Aun así no siempre obtendremos
el resultado que deseamos, pero al tener un mayor control sobre el proceso las
posibilidades de lograrlo aumentaran en gran medida y será más fácil aprender
de nuestros errores que cuando carecemos totalmente del control.
Como ejemplo final les dejo un
video sobre el discurso que dio Steve Jobs en la universidad de Stanford. En
los relatos que hace sobre las decisiones que cambiaron su vida, se aprecia
perfectamente lo difícil que puede ser tomar una decisión de esta magnitud, sin
embargo si se hace después de una reflexión adecuada y se trabaja para alcanzar
las metas que elegimos, el resultado puede ser sorprendente.
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